La Unión Europea impulsa soluciones biodegradables para reducir microplásticos y emisiones de CO₂, mientras el proyecto INSOIL desarrolla materiales innovadores a partir de residuos biológicos y microorganismos
La contaminación por plásticos ya no es solo un problema de océanos y ciudades. También afecta a los campos de cultivo. Fragmentos invisibles, conocidos como microplásticos, se acumulan en el suelo y amenazan la fertilidad, la biodiversidad e incluso la cadena alimentaria. Ante este desafío, la Unión Europea ha fijado metas ambiciosas: para 2030 pretende reducir un 20% los plásticos de origen fósil y un 30% las emisiones de microplásticos.
En la agricultura moderna, los plásticos cumplen funciones esenciales. Se utilizan en películas acolchadas, bandejas de semilleros o recubrimientos de fertilizantes. Sin embargo, muchos de estos materiales son de un solo uso y su recuperación tras la cosecha no siempre es viable. Con el tiempo, se degradan en pequeñas partículas que permanecen en el suelo durante décadas.
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