Enero marca el punto álgido de maduración de muchas naranjas en los árboles que decoran avenidas y espacios públicos. Al no recogerse para consumo humano, los frutos terminan desprendiéndose y cubriendo el pavimento. El fenómeno, habitual en numerosas ciudades mediterráneas, transforma el paisaje urbano, pero también plantea retos.
Fruta ornamental, no alimentaria
A diferencia de las naranjas cultivadas para el mercado, las de los naranjos urbanos suelen ser extremadamente ácidas. Su presencia responde a criterios estéticos y ambientales: aportan color, sombra y contribuyen a la biodiversidad. Sin embargo, no están pensadas para la mesa.
La acumulación de frutos en el suelo puede generar superficies resbaladizas, malos olores y focos de insectos. Por ello, los servicios municipales intensifican en estas fechas los trabajos de barrido y retirada, una intervención que impacta directamente en la seguridad de peatones y en la percepción de limpieza.
Del residuo al recurso
El operativo combina métodos manuales y mecánicos. En zonas de alta densidad de árboles, se recurre a maquinaria de barrido; en otras, a la retirada directa. Cuando la caída masiva lo exige, se efectúa incluso la recolección preventiva del árbol. Posteriormente, los restos se trasladan a plantas de tratamiento.
Lejos de convertirse en simple basura, muchas de estas naranjas se destinan a compostaje o aprovechamiento industrial. Convertidas en abono orgánico, biomasa o productos de limpieza ecológica, los frutos encuentran una segunda vida dentro de un modelo de economía circular.
La gestión eficiente de esta fruta urbana reduce residuos, impulsa prácticas sostenibles y refuerza la concienciación ciudadana sobre el cuidado del entorno. Calles más limpias, menos impacto ambiental y una ciudad que transforma un problema estacional en recurso útil.
Beneficio colectivo
La campaña de limpieza de naranjas no solo previene accidentes, sino que también simboliza la capacidad de las ciudades para integrar sostenibilidad, mantenimiento urbano y respeto por el arbolado. Enero, así, deja de ser solo el mes de la caída para convertirse en el mes del aprovechamiento.