La Asociación Molí la Font en colaboración con el Grupo de Aves de Otorringologia, ha organizado una jornada educativa dedicada al conocimiento y cuidado del entorno natural. El evento incluyó una charla y taller práctico sobre aves, compostaje, anillamiento y censo de especies
La Asociación Molí la Font trabaja para devolver la vida a un espacio que muchos vecinos de Castellón desconocen. La zona, atravesada por la antigua acequia de la Obra, fue durante décadas una de las principales fuentes de agua de riego de toda la comarca. Hoy permanece en desuso, cubierta por maleza y con acceso difícil, pero la asociación quiere revertir esa situación.
“Sería beneficioso recuperarla para que la gente la conozca y pueda acceder con facilidad”, explica el presidente Hugo Malo Ucci, uno de los cinco fundadores de esta entidad vecinal recién creada. La asociación nació para dar respuesta a problemas cotidianos —carreteras, alumbrado, limpieza, solares abandonados, mosquitos— pero su proyecto ha ido creciendo con una idea común: proteger y poner en valor el entorno natural del Molino
El taller
El Grupo de Aves de Otorringología ha dado el taller, el coordinador Joan Castany—doctor en Biología y profesor con más de tres décadas de experiencia— explicó a los jóvenes participantes cómo funcionan los censos ornitológicos y por qué importan. Su trabajo no consiste simplemente en contar pájaros: consiste en interpretar la ciudad a través de ellos, como si fueran sensores naturales.
Desde 2005 el grupo realiza un seguimiento exhaustivo de las aves de Castelló. La retirada progresiva de palomas —más de 38.000 en dos décadas— ha provocado cambios inesperados: aumento de tórtolas, llegada masiva de palomas torcaces a parques urbanos y recuperación parcial de pequeños pájaros como el gorrión común. Pero también han detectado un problema grave: la contaminación está afectando a la reproducción del gorrión. “Los animales son bioindicadores”, explicó el investigador. “Si ellos sufren los efectos de los gases del tráfico, debemos preguntarnos qué implica para la salud humana”.
El taller no se quedó solo en la observación. También se habló de ciencia real: de hipótesis, datos y cálculos. Cuando un joven preguntó cuál era la hipótesis del estudio, el investigador respondió con claridad:
“Mi hipótesis es que la distribución de estas especies no es ecuánime, no es igualitaria. No todas las aves ocupan el espacio por igual.”
Para llegar a conclusiones, el grupo ha combinado biología, informática y matemáticas:
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biología para entender el comportamiento y los ciclos migratorios;
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informática para procesar los datos y gestionar cientos de registros;
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matemáticas para calcular índices que permiten comparar zonas, épocas y tendencias.
“Sí, somos un poco frikis”, bromeó el investigador, “pero es que la ciencia necesita frikis que miren, anoten y vuelvan a mirar”.
Gracias a este trabajo, Castelló sabe hoy cosas que antes pasaban desapercibidas: migraciones silenciosas, especies recién llegadas, cambios provocados por la contaminación o por la actividad humana. Y, sobre todo, deja un mensaje claro para los jóvenes: la ciudad es un laboratorio vivo. Basta con observar con curiosidad para descubrir que las aves nos están contando una historia… y que también podemos aprender a leerla.
Vermicompostaje: el superpoder oculto de las lombrices para transformar residuos para las plantas
Convertir los restos orgánicos en un abono de máxima calidad es posible y no hace falta una gran instalación industrial. Una simple vermicompostera —un contenedor donde viven lombrices especializadas— puede transformar los residuos de casa en un fertilizante natural que, según expertos, “es el mejor del mercado, con diferencia”.
¿Qué se pone en una vermicompostera?
El funcionamiento es sencillo: se instala un contenedor junto a las otras fracciones de reciclaje —papel, vidrio, envases— y se deposita únicamente materia orgánica apta para las lombrices. Pero no vale cualquier cosa.
Las favoritas son:
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Restos de calabaza, melón y otras cucurbitáceas, que “las lombrices devoran con entusiasmo”.
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Cartón sin tintas, sin dibujos y sin cloro, que sirve como material seco y equilibrante.
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Posos de café limpios, que actúan como auténtico “energizante” para las lombrices.
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Cortezas trituradas (nunca con batidoras de cocina), que ayudan a airear la mezcla.
En cambio, se deben evitar residuos como la cáscara de nuez o el material muy duro, que no pueden procesar.
El taller también advirtió de un error común: triturar alimentos con aparatos de cocina. “No es necesario —explicó el ponente— y puede complicar más que ayudar. Las lombrices trabajan bien si los restos están troceados de forma natural”.
Lo que producen las lombrices: un tesoro ecológico
La actividad despertó sorpresa entre los jóvenes cuando descubrieron los tres tipos de productos que genera una vermicompostera:
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Lixiviado
Es el líquido que se filtra a través de los restos orgánicos. Con un simple filtro adecuado, se recoge fácilmente y sirve como fertilizante líquido muy potente. -
Té de humus
Se obtiene dejando reposar en agua una pequeña cantidad de humus sólido (el excremento de la lombriz) durante unos días. Se usa como abono foliar, es decir, se aplica sobre las hojas para fortalecerlas. -
Humus sólido
Es el “oro negro” del compostaje. El experto lo describió como “el mejor estiércol que puedes encontrar”, incluso superior al de caballo o vaca. Es puro, equilibrado y de altísima calidad.
Una lección para todas las edades
Durante el taller cada participante pudo observar de cerca a las lombrices rojas californianas, la especie más utilizada en vermicompostaje. Muchos descubrieron por primera vez que estos pequeños animales son capaces de transformar toneladas de residuos en recursos valiosos.
“El excremento de la lombriz es lo que realmente importa”, insistió el especialista mientras mostraba a los asistentes cómo se mueven estos invertebrados por el compost. “Ellas procesan lo que nosotros tiramos y lo convierten en vida”.
Incluso observaron otros pequeños habitantes de la humedad, como el insecto bola, que también ayuda a descomponer la materia orgánica.
Aunque la asociación Molí la Font es joven, ya ha comenzado a tejer alianzas con colectivos como Camí Fondo y Meridiano. Los impulsores insisten en el carácter abierto y sin ánimo de lucro de la entidad: cualquier vecino puede participar, aportar ideas y ayudar a dar visibilidad a un espacio protegido que va desde el molino hasta el río y la playa.
Autor
- Redacción
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