Herramientas de accesibilidad

“Grup Natural” en Cinema Jove: Nina Solà retrata la adolescencia desde dentro del aula

Con “Grup Natural”, la directora catalana Nina Solà se adentra en el día a día de una escuela secundaria en Barcelona que lleva medio siglo aplicando un modelo pedagógico alternativo. Desde la observación respetuosa, la cámara se vuelve casi invisible para capturar cómo se construyen los vínculos entre adolescentes y qué significa realmente aprender en comunidad. Hablamos con ella sobre este viaje cinematográfico que es también una experiencia de transformación personal

E.- ¿Qué te llevó a centrarte en este instituto con un modelo educativo tan particular? ¿Qué te interesaba explorar a través de él?

N.S.- El punto de partida fue bastante orgánico. Uno de los productores de la película, Víctor, había sido alumno del Instituto Unión, y fue él quien me habló por primera vez de su sistema pedagógico. Me pareció muy interesante desde el inicio, pero cuando puse un pie en la escuela, sentí algo especial. No la conocía antes, no tenía una idea previa, y sin embargo, al entrar, me di cuenta de que allí pasaban cosas que valía la pena mostrar.

La escuela lleva más de 50 años funcionando con total autonomía, con una filosofía muy diferente. Por ejemplo, los alumnos no tienen un horario fijo: cada semana es distinta. Además, trabajan en lo que llaman “grupos naturales”, formados por siete u ocho estudiantes que permanecen unidos todo el curso. Desde ahí quería explorar qué tipo de relaciones se generan, cómo se construye la autonomía y qué significa realmente aprender desde lo colectivo y lo emocional.

E.- ¿Es una escuela experimental o es algo más profundo que eso?

N.S.- Diría que es distinta, más que experimental. Lo que plantean es un modelo donde la autonomía del alumnado está en el centro. Se busca que los chicos y chicas aprendan no solo contenidos académicos, sino habilidades fundamentales para la vida: cómo comunicarse, cómo tomar decisiones, cómo convivir con otros, cómo expresarse emocionalmente…

Además, se da un espacio muy importante a la educación emocional. Hay figuras llamadas “consejeros” que hacen un acompañamiento constante del alumnado y facilitan reuniones llamadas autocríticas, donde los propios estudiantes reflexionan sobre cómo se sienten, cómo van en el curso y cómo están funcionando sus grupos. Me pareció precioso ese espacio para poder expresar emociones, reconocerlas y compartirlas en comunidad.

“Lo que más me sorprendió del modelo de la escuela fue ver cómo se le da valor a lo colectivo y al disfrute por el simple hecho de compartir”

 

E.- ¿Por qué elegiste un enfoque observacional, casi invisible, para retratar este mundo adolescente?

N.S.- Desde el principio tuvimos claro que queríamos hacer la película desde el punto de vista de los alumnos, no desde la mirada adulta. Eso implicaba estar muy cerca, crear intimidad, y al mismo tiempo no invadir. Por eso optamos por el Direct Cinema, un estilo que nos permitía observar sin intervenir, sin dirigir las escenas.

El objetivo era fundirnos con el entorno, ser casi parte del mobiliario del instituto, para poder captar momentos auténticos, situaciones únicas que solo se dan cuando uno se olvida de que hay una cámara delante. Fuimos un equipo muy reducido —solo tres personas— y trabajamos con luz natural para no alterar el ambiente. Ese respeto fue clave para lograr la naturalidad que queríamos.

E.- ¿Crees que este modelo educativo puede entenderse como una propuesta sostenible, en lo humano y en lo social?

N.S.- Sí, absolutamente. Lo que más me sorprendió fue ver cómo se le da valor a lo colectivo, al disfrute por el simple hecho de compartir. Cada semana, por ejemplo, los alumnos se reúnen para cantar en grupo. Cantar por cantar, sin objetivo evaluativo, solo por el placer de hacerlo juntos. También se promueven mucho el teatro, la danza, las artes…

Todo eso genera una conexión muy poderosa con uno mismo y con los demás. Y creo que ese tipo de espacios son profundamente sostenibles, porque promueven relaciones sanas, pensamiento crítico, sensibilidad. No pretendemos decir que este sistema es el mejor ni que pueda aplicarse en todos los contextos, pero sí invitar a la reflexión: ¿Qué otras formas de educar podrían abrirnos caminos más humanos?

E.- La película capta silencios, emociones contenidas, vínculos sutiles. ¿Cómo construiste esa confianza con los adolescentes?

N.S.- Fue un proceso largo y cuidadoso. Durante un año seguimos a tres grupos de diferentes edades: chicas de 12-13 años, otro grupo de 14-15, y un tercero ya en segundo de bachillerato, con 17-18 años. Para decidir con quién trabajar hicimos una especie de casting voluntario. Los estudiantes que quisieran participar podían presentarse y hablar con nosotros. Ahí comenzamos a explicarles la idea del documental, nuestra forma de trabajar, lo que implicaba que estuviéramos con ellos.

Poco a poco fuimos creando esa confianza, ese vínculo que nos permitió estar presentes sin ser una molestia. Creo que también ellos estaban muy predispuestos, tenían ganas de compartir su mundo. Y eso es lo más bonito: que nos dejaron entrar en su cotidianidad con total generosidad.

E.- En una época de hiperconexión, ¿Qué papel crees que juega la escuela como espacio de diálogo, pausa y cuidado?

N.S.- Creo que es fundamental. Hoy en día, muchas veces las redes y los móviles más que conectar, aíslan. La escuela tiene que ser un lugar donde se fomente la escucha, la conversación real, la expresión emocional. Es allí donde podemos aprender a decir cómo nos sentimos, a poner en palabras lo que nos pasa. Y eso, más que nunca, es urgente.

E.- ¿Y el cine puede ser también una herramienta para construir empatía, sobre todo con la adolescencia?

N.S.- El cine tiene un poder muy especial. Puede funcionar como un espejo que nos devuelve imágenes de lo que somos, de lo que vivimos… pero con una mirada particular que nos permite ver lo cotidiano desde otro ángulo. A través de un ejemplo muy concreto, el cine puede alcanzar algo universal. En Grup Natural intentamos precisamente eso: acercarnos al mundo adolescente sin estereotipos, sin filtros. Mostrarlo desde dentro.

E.- ¿Proyectarías la película en entornos educativos? 

N.S.- Aunque todavía no hemos proyectado la película en entornos educativos como tal, sí se ha visto en festivales y en cines de Barcelona. Han venido alumnos, profes, familias… Y algo que se repite es el agradecimiento. Muchas personas me han dicho que les ha encantado poder escuchar a los adolescentes, ver cómo piensan, cómo sienten, cómo viven. A veces olvidamos que también tienen mucho que decir. Me parece muy bonito que la película sirva para abrir esa escucha, para darles un espacio que muchas veces se les niega.

“Falta que los gobiernos se impliquen de verdad, que apuesten por una educación que ponga a las personas en el centro”

 

E.- ¿Te transformó esta experiencia como cineasta y como persona?

N.S.- Siempre que haces una película, algo en ti cambia. Pero en este caso, fue un proceso muy largo, muy inmersivo. Estar un año entero dentro de una escuela, conviviendo con los chicos y chicas, compartiendo sus espacios… fue muy enriquecedor.

Yo no vengo del mundo de la pedagogía, y sin embargo aprendí muchísimo. No solo sobre educación, sino sobre cómo nos vinculamos, cómo sentimos, cómo crecemos. Me siento muy agradecida por haber podido formar parte de sus vidas, aunque fuera por un tiempo limitado.

E.- ¿Crees que es posible construir una educación más inclusiva, participativa y sostenible desde dentro del aula?

N.S.- Sí, lo creo. Pero también creo que hace falta apoyo estructural, compromiso político, recursos. No se puede pedir a un profesor o profesora que trabaje desde el cuidado y la escucha con 30 alumnos sin herramientas ni tiempo. Las ratios, la formación, el acompañamiento… todo eso importa.  Lo que falta es que los gobiernos se impliquen de verdad, que apuesten por una educación que ponga a las personas en el centro.

E.- ¿Qué otros temas te gustaría abordar en futuros proyectos relacionados con juventud o sostenibilidad?

N.S.- Ahora mismo estoy trabajando en una obra de teatro documental en la que seguimos con adolescentes de entre 14 y 18 años. Pero esta vez, les pedimos que imaginen el futuro: cómo se ven dentro de 10, 20 o 30 años. Algunos son muy optimistas, otros no tanto, pero todos aportan una visión que es profundamente reveladora. Es fascinante escuchar cómo proyectan sus vidas, cómo se relacionan con la idea del futuro, con el mundo que les espera. Y creo que ahí también hay mucho que contar.

Autor

Lorena ÁvilaPeriodista
Comunicación. Periodismo 3.0
Comparte:
Traducir »